miércoles, 20 de abril de 2016

LEVÍTICO. CAPÍTULO 1.

11El Señor llamó a Moisés y le habló desde la tienda del encuentro:
2-Di a los israelitas: Cuando ofrezcáis una oblación al Señor, vuestra oferta será de ganado mayor o menor.

Holocaustos (Jue 6,19-21; 13,19-21; 2 Cr 7,1)

3<<`[a] Si es un holocausto de ganado mayor, ofrecerá un macho sin defecto, lo llevará a la entrada de la tienda del encuentro para que lo acepte el Señor. 4Pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima, y el Señor se lo aceptará como expiación. 5Degollará la res en presencia del Señor.
>>Los sacerdotes aaronitas ofrecerán la sangre y con ella rociarán por todos lados el altar, que está a la entrada de la tienda del encuentro. 6Desollará la víctima y la descuartizará.
7>>Los sacerdotes aaronitas harán fuego sobre el altar y apilarán leña sobre el fuego. 8Colocarán después cabeza, trozos y grosura sobre la leña, sobre el fuego, sobre el altar. 9Lavarán vísceras y patas. El sacerdote lo dejará quemarse completamente sobre el altar. Es un holocausto: oblación de aroma que aplaca al Señor.
10>>[b] Si es un holocausto de ganado menor, corderos o cabritos, ofrecerá un macho sin defecto. 11Lo degollará en el lado norte del altar, en presencia del Señor.
>>Los sacerdotes aaronitas rociarán con la sangre todos los lados del altar. 12El sacerdote lo descuartizará y colocará la cabeza y la grosura sobre la leña, sobre el fuego, sobre el altar. 13Lavarán vísceras y patas. El sacerdote lo dejará quemarse completamente sobre el altar. Es un holocausto: oblación de aroma que aplaca al Señor.
14>>[c] Si es un holocausto de aves, su oferta será de tórtolas o pichones.
15>>El sacerdote la llevará al altar y le retorcerá el cuello. La dejará quemarse sobre el altar, después de exprimir la sangre a un lado del mismo. 16Le quitará buche y plumas, y los arrojará al este del altar, en el lugar de las cenizas. 17Le rasgará las alas sin arrancarlas, y el sacerdote dejará quemarse la víctima sobre el altar, sobre la leña, sobre el fuego. Es un holocausto: oblación de aroma que aplaca al Señor>>.

Explicación.

SACRIFICIOS Y SACERDOTES

INTRODUCCIÓN

Los capítulos 1-7 clasifican los sacrificios y regulan su práctica y sus ceremonias. Antes de recorrer la reglamentación, procuremos entender su espíritu.

Para ellos podemos partir de nuestro término español "sacrificio". El hombre sacrifica algo suyo por un bien superior: sacrifica un órgano propio a su propia vida, parte de su fortuna a su salud, sacrifica algo suyo por un ideal, por otra persona a quien ama, con la que desea reconciliarse. Todo sacrificio es personal, porque lo sacrificado es nuestro y querido o apreciado. Este aspecto puede llegar a su máxima intensidad cuando uno se sacrifica a sí mismo: "No hay mayor amor que dar la vida por el amigo".

Este uso de la palabra ha olvidado la etimología de "sacrificio", "hacer sacro". Si referimos nuestro concepto común a nuestras relaciones con Dios, el sacrificio alcanza su sentido original y plenario. Dios persona y el hombre persona ante Dios. El hombre como criatura corpórea y mundana. El hombre se posee así mismo y posee otros bienes suyos, que ama y aprecia con relación personal; pero por encima de sí mismo y de sus bienes aprecia a Dios como bien supremo, que le dio el ser y todos los bienes, que le seguirá ayudando, que le puede exigir todo para su bien. Entonces el hombre se entrega a sí mismo o algo suyo: para reconocer la soberanía de Dios, para agradecerle sus beneficios, para impetrar otros nuevos, para expresar su arrepentimiento, para reconciliarse con él, para testimoniar su fidelidad. Dios acepta el don y lo consagra, sellando así la reconciliación del hombre, o ratificando y cumpliendo la finalidad específica del sacrificio; no que Dios reciba propiamente un don (Sal 50), sino que recibe un reconocimiento que es perfección del hombre.

El sacrificio religioso auténtico es expresión de la interioridad humana, de lo contrario, es farsa. Por eso, al fondo de la reglamentación que vamos a leer, hay que escuchar la denuncia y exigencia profética de autenticidad en el culto; véase Is 1,10-20; Sal 50; Eclo 34-35, entre otros textos.

El sacrificio adquiere su valor supremo en Cristo, que se ofrece totalmente a sí mismo en acto de fidelidad al Padre y de amor a los hombres. Porque el Plan del Padre es precisamente que Cristo se sacrifique por los hombres, para unirlos con Dios. El sacrificio de Cristo es expresión auténtica, es donación total: unidos a él tienen nuestros sacrificios sentidos y validez (cfr. Heb 13,15-16; Rom 12,1).

1,1-2 Con estos versos queda enganchado cuanto sigue a la legislación del Éxodo promulgada por Moisés por encargo del Señor. "Oblación" (qorban, de la raíz qrb acercar) es nombre genérico. Todos los sacrificios quedan englobados en la idea de "acercar" al Señor, traer, ofrecer. De modo correlativo Dios "acerca" hacia sí a sus elegidos, en particular a los sacerdotes.

1,3-17 Estos versos dedicados al holocausto sintetizan varios aspectos: víctimas, oficiantes, rito, finalidad. Las víctimas están distinguidas por el grado de valor o precio y consiguientemente, según la escala social de los oferentes. Primero toro, señal de riqueza o buena posición (Gn 32,6; Ex 20,17); segundo, oveja o cabra, propiedad de menos acomodados (2 Sm 12,1-4); tercero, paloma o tórtola, de gente pobre.

Oficiantes. El papel principal lo desempeñan los sacerdotes: ofrecen la sangre, preparan el fuego y queman la víctima. El laico interviene también: conduce la víctima y pone la mano sobre ella, después la degüella, desuella y descuartiza. Esto representa una situación intermedia entre la competencia general de los laicos (patriarcas; Gedeón, Jue 6,26s; Jefté, Jue 11,31.39; Manoj, Jue 13,16.19) y el monopolio de los sacerdotes (cfr. 2 Cr 29,34; 35,11).

Rito. El holocausto, como su nombre indica, es oferta total a Dios de algo útil y valioso para el hombre. Es la ofrenda, el sacrificio por excelencia. El objeto es un animal de uso doméstico, alimento o trabajo; las especies están limitadas (no vale el asno ni menos el puerco, cfr. Is 66,3) y la calidad ha de ser perfecta (Mal 1,8-10). La sangre es sede de la vida (Lv 17,10): representa vicariamente la vida del oferente; se derrama sobre el altar; el resto, salvo algunos desechos, se quema; el fuego purifica y transforma. Degollar y descuartizar son preparativos necesarios. La mano sobre la cabeza de la víctima: algunos lo interpretan como un cargarla con los pecados que se han de expiar; pero una víctima empecatada sería abominable, no agradaría al Señor (cfr. Lv 16); probablemente es gesto de oferta personal, como si el oferente la nombrase su representante o sustituto.

Finalidad. Agradar al Señor de modo que lo acepte rsh rswn; expiar por los pecados kpr; aplacar con el aroma, ruh nuhwh. De parte del hombre y en el lenguaje aplicado a Dios, la ceremonia es material, corpórea, pero cargada de simbolismo: carne y grasa se convierten en aroma insustancial que Dios acepta y aspira. Al autor le preocupa aquí la validez del rito más que la actitud interior: la validez depende en última instancia del "agrado" o aceptación de Dios; el hombre procura cumplir todas las condiciones.

1,15-17 El rito es más simple. Rasgan las alas, conservando la integridad de la víctima, apuntando a su destrucción como volátil.

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